|
|
|
|
Los
códigos de ética empresariales en números:
· El 70% de las empresas cuentan con algún tipo de documento formal
sobre ética.
· La mayoría ha sido elaborado a partir del año '90.
· El código de conducta es el tipo de documento formal más común
(70%), seguido por la misión o visión de empresa (67%) y el credo o
declaración de valores (48%).
· El 85% de las compañías multinacionales grandes y el 83% de las
empresas que cotizan en bolsa tienen documentos formales. Por el
contrario, sólo el 45% de las compañías nacionales poco
internacionalizadas y el 42% de las empresas familiares cuentan con estos
materiales.
· En el 64,7% de los casos, los códigos son elaborados por altos
directivos.
· Los contenidos más destacados son: los valores asumidos por la
empresa, la indicación de la conducta de los empleados esperada por la
compañía, la excelencia humana de la institución, referencias a la
identidad corporativa y el reforzamiento de normas comunes de ética
profesional. |
|
|
|
|
En muchos casos, los fundadores de cada empresa han sido pioneros en la
formulación de los códigos, dando así el primer paso de un proceso que lleva
a consolidar una cultura apoyada en sólidos valores morales. Pero aunque
marquen el camino, los códigos no pueden imponer obligatoriamente la
aceptación de los valores morales. Señalan una dirección a seguir en la
búsqueda del bien y, concretamente, en la toma de decisiones empresariales,
pero de ninguna manera anulan la libertad personal. A través de ellos, la
empresa induce a las personas a determinar moralmente su voluntad hacia los
bienes que encierran esos documentos, pero no obliga una conducta. Por eso, el
contar con un código de conducta no hace éticas a las personas ni, por ende, a
las organizaciones.
Muchas veces se le reclama a la ética unos resultados medibles y
cuantificables en el corto plazo. Sin embargo, esto generalmente no es posible
porque la persona se perfecciona con los años y a través de sus acciones. Por
tanto, el comportamiento ético, por su propia definición, tiene que huir de
las fórmulas instantáneas, de las apariciones súbitas, de las acciones
aisladas e inconexas.
Progresivamente, el código de ética estimula la configuración de
la cultura corporativa de la empresa que, lejos de disminuir la responsabilidad
personal en cada acción, es una llamada a que todos los que componen la
compañía asuman la responsabilidad de contribuir al bien común. La suma de
acciones positivas que apuntan al logro de ese objetivo puede crear en las
personas un ambiente favorable para la educación de las virtudes y, en la
medida en que ese clima se difunda, se convierte en fuente continua de nuevos
actos buenos. Asimismo, a través del código se puede cristalizar un modo de
actuar dentro de la compañía que prevalece con independencia de las personas
que la componen o del lugar donde se encuentren o del tiempo transcurrido desde
su fundación, porque sus principios no son pautas de actuación aisladas sino
que se han consolidado en una auténtica cultura corporativa.
El gran desafío que se le presenta a los códigos de ética es conseguir que
sus principios se traduzcan en realidades concretas. Para eso es importante, por
un parte, que su contenido encierre verdaderos valores morales y, por otra, que
su elaboración, implantación y seguimiento favorezcan el desarrollo de las
virtudes morales. Se trata, por tanto, de que los valores contenidos en un
documento formal pasen a configurar la acción de una persona y, en la medida en
que así sea -por el carácter auto-referencial que tiene-, ésta revertirá en
el propio sujeto, modificando su carácter y adquiriendo un modo de ser
virtuoso.
La implementación de los códigos de ética requiere la presencia de algunos
presupuestos básicos sobre los cuales apoyarse para que sea de verdad eficaz.
En primer lugar, reclama un respeto por la libertad de las personas que lleve a
no pretender imponer valores morales y a dejar un amplio margen de iniciativa
para el desarrollo personal en las virtudes. En segundo lugar, es necesaria una
buena política de comunicaciones que posibilite a cada individuo conocer con
profundidad el sentido de los valores de la compañía para que después quiera,
libremente, escogerlos en las acciones concretas. El tercer elemento hace
referencia al valor de la ejemplaridad y de la coherencia de la alta dirección
para que, a partir del propio compromiso con los valores morales, puedan
exigirlo a los demás. Si los fundadores y los directivos no están seriamente
identificados con los valores éticos y no manifiestan con su propia conducta su
adhesión a ellos, es casi imposible plantear cualquier tipo de políticas
tendientes a promoverlos. Por último, hace falta una verdadera preocupación
por las personas y por su desarrollo moral, que se traduce en un clima de
amistad y cooperación. Cuando este ambiente no se alcanza, es probable que
cualquier actuación de la empresa en cuestiones de ética sea vista como una
mera imposición externa, alejada de los intereses individuales y condenada de
antemano al fracaso.
Por tanto, la eficacia de un código de ética se relaciona
estrechamente con el grado de compromiso de las personas con los valores que él
contiene. En la medida en que cada persona se decida libre y conscientemente a
ser leal y coherente con esas pautas de acción y oriente su conducta hacia
ellas, ese código será eficaz. De esta manera, el código acaba
convirtiéndose en un verdadero modo de ser enraizado en la virtud.
Así como la ética se hace vida en las virtudes de las personas, del
mismo modo, un código de conducta debe traducirse en el talante moral de todos
los que se relacionan con él. Mediante este documento, la ética -que es una e
indivisible como es la verdad sobre el hombre- se concreta en el ejercicio libre
y responsable del obrar humano dentro de las organizaciones, abriendo cauces
para el crecimiento en las virtudes. Si el código de ética logra este
objetivo, habrá hecho frente a su único desafío.
Dra. Patricia Debeljuh
Profesora Investigadora de la Universidad Argentina de la Empresa (UADE),
Profesora de Ética y Responsabilidad Empresaria de la Escuela de Dirección de
Empresas (EDDE) y
miembro Fundadora de la Asociación Latinoamericana de Ética, Negocios y
Economía (ALENE).
|