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Una marca es el símbolo de una empresa o de un producto, y como
tal es una herramienta para construir confianza y comunicar los
beneficios que agregan valor para el cliente.
El proceso de construcción y sostenimiento de una marca debiera
mantenerse tan simple como sea posible, porque los esquemas
complicados generan confusión y ésta se paga con pérdida de
valor marcario.
El valor que agrega una marca está dado por la relevancia de los
beneficios que transmite para su categoría de bienes o servicios
y la magnitud de la diferenciación que establece en relación
con otras marcas del sector.
Mucho se ha hablado de la disminución del valor de las
marcas y hasta de la muerte de las mismas. Las marcas no han
muerto pero sí se ha erosionado su valor en la mayoría de los
casos.
Varios son los factores que inciden sobre este proceso. Por un
lado, la comoditización de los beneficios ofrecidos y por otro
lado la pérdida de valor de diferenciación originada en la
descontrolada proliferación de marcas.
Un individuo de clase media con educación universitaria
almacena entre 12 y 15 mil palabras en sus neuronas para manejar
todas sus necesidades de comunicación personal y profesional.
Por tanto, resulta obvio que el lugar disponible para archivar
marcas admite una pequeña fracción de las que existen. A
principios de la década del 50 los argentinos debíamos
almacenar entre 3 a 7 marcas de automóviles para reconocer la
totalidad del parque automotor. Hoy, entre marcas de fabricantes
y modelos deberíamos recordar más de 300. Es indudable que cada
una de ellas no vale lo mismo que hace 50 años.
El consumidor ha cambiado y seguirá cambiando: está muy
alertado, es crítico y ha desarrollado mecanismos defensivos y
anticuerpos que debilitan la efectividad del principal
constructor de marcas: la publicidad.
Algunas investigaciones recientes nos muestran cómo en
el término de un año la población de compradores que definen
sus elecciones por las marcas se ha reducido en un 15%. Ese
porcentaje se ha distribuido mayoritariamente entre quienes evalúan
en forma más racional sus compras.
La racionalidad es actualmente la caracterización más difundida
como actitud de compra en nuestro país. No obstante, la población
de consumidores que deciden sus compras en función del precio ha
aumentado un 50%.
Por otro lado, el crecimiento de Internet y del comercio electrónico
irán agudizando progresivamente el fenómeno de la infidelidad,
ya que optar por una u otra marca estará sólo a un click de
distancia.
Estamos presenciando un proceso de simplificación de la gama de
marcas ofrecidas por los grandes operadores internacionales. El
motivo se origina en la dificultad de sostener la inmensa
variedad de marcas ofrecidas hasta el presente.
La posibilidad de concentrar el presupuesto de marketing en menos
marcas apunta a neutralizar la infidelidad creciente de los
consumidores y sostener el valor marcario en un entorno de
inmensa competitividad.
Sostener en el mercado marcas de bajo volumen o baja participación
tiene por otro lado costos ocultos que las tornan inviables.
La respuesta hacia el futuro pasa por realizar una revisión
sistemática de la política marcaria y avanzar en la optimización
del manejo de las marcas como una forma sistemática de aumentar
la competitividad.
Rubén Jordán Ordoñez es Socio de Ordoñez, Bianco Consultores.
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